De esa manera, la educación financiera supondría ese proceso referido en concreto a lascapacidades del individuo con relación a productos y servicios financieros. Ello incluye su habilidad de comprender tales servicios, poder distinguir sus características esenciales, discriminar el que le conviene y aprovechar las posibilidades reales de hacer valer sus derechos.'
En consecuencia, la educación financiera no se puede entender como la simple exposición de conceptos en abstracto, sino que demanda un esfuerzo de integración con las vivencias propias del individuo.
Los beneficios de enseñar a hacer presupuestos, por ejemplo, son muy limitados si no tienen un vínculo con la realidad concreta del consumidor. No puede ser un ejercicio que se debe practicar como un acto de fe, que transformará el bienestar financiero. Tiene que guardar alguna relación con las ansiedades, temores, y expectativas que tienen las personas de la vida.
Algo similar ocurre con la mera repetición de que se debe ahorrar. Guardar dinero, per se, conduce en forma automática a la privación del disfrute del consumo actual. Las personas solo “disfrutarán” el ahorro si está directamente vinculado a su naturaleza humana, si apoya sus emociones o necesidades más básicas, si colabora en la construcción de lo que entiende por su identidad personal.
En consecuencia, la educación financiera debe ser emprendida como la salud, en que no podremos ver resultados significativos en el corto plazo, exige reconocer que las personas son, en esencia, emocionales, y requiere tanto el compromiso de quien educa como de quien es objeto del proceso, pues de lo contrario podría ser una forma sistemática de repetir nociones que no motivarán a la acción consciente e informada en el uso de los diversos productos o servicios financiero